Hace un par de meses me reencontré con una de las personas más importantes de mi vida, realmente fuimos inseparables en la niñez, cuando yo vivía en su provincia y estudiábamos en el mismo colegio. Éramos sólo unas crías, pero compartíamos todo, para mí era fantástico que viniera a mi casa y marcharnos de senderismo por los alrededores, o que me invitara a jugar con sus juguetes en la suya. Éra mi mejor amiga.
La vida da muchas vueltas, de pronto un día mis padres regresaron a la ciudad donde yo nací, y donde vive toda mi familia, en busca de una nueva vida, más tranquila y cerca de los nuestros. Yo no supe nada hasta que me ví aquí. No me explicaron que ya no regresaría al lugar donde había vivido los tres años anteriores. Fue horrible, aún siendo una cría, me sentí muy mal, y me acuerdo de como lloré sobre la cama de mi abuela con desesperación porque no me había despedido de mi amiga. Y todavía ahora me emociono recordando lo que sentí en esos momentos, la impotencia de una niña que no puede hacer cambiar de opinión a un adulto. Y es que ellos, no entendían tanta desesperación por volver allá.
Me alegro mucho de estar en la tierra donde nací, no hubiera cambiado nada de estos años, aunque siempre tuve clavada esa espina, y es que no olvidé nunca a mi amiga Eimia.
Tres años después del cambio de ciudad, volví con mi madre a casa de mi amiga, el reencuentro fue fantástico, ya creíamos ser adultas y jugábamos un rato a serlo, y otro rato como crías, tal y como lo hacíamos tres años antes.Todo se hizo corto, desgraciadamente regresamos de esas cortas vacaciones y por diversos motivos perdimos de nuevo el contacto.
Hasta hace un par de meses. Desesperada volví a buscar alguna forma de contactar con Eimia, resultaba casi imposible pero como soy muy tozuda, y al final lo conseguí.
Contacté con alguien muy amable que una vez escuchada la historia, accedió a facilitarme el teléfono de la familia, llamé y pude hablar con la madre de Eimia. Fue increíble, fantástico. Pero Eimia no estaba, así que me propusieron que la llamara al móvil para darle una sorpresa.
Me moría del miedo. Me moría de la alegría. Iba a marcar nueve dígitos que me pondrían en contacto con mi gran amiga. Pero no sabía como iba a reaccionar, sólo habían pasado once años desde la última vez. Quizás se alegraría, aunque mi mayor miedo era que simplemente no entendiera a qué venía esa búsqueda. Pero por suerte, cuando cogió el teléfono y le dije quién era, simplemente sentí algo increíble. Supe que se alegraba de saber de mí, lloramos, medio a escondidas, medio compartiéndolo y simplemente no podíamos creer todo el tiempo que había pasado.
Yo quería explicarle todo lo más relevante de los últimos casi doce años, y al mismo tiempo quería saber cada instante de su vida que yo me había perdido. Durante varios días hablamos continuamente. Pero de pronto, pasó algo, algo muy complicado, y ella sufrió mucho. Me entristecí demasiado, porque lo supe cuando ya había acabado todo. No puedo reprocharle nada, pero me hubiera gustado estar ahí cuando algo tan gordo le ocurrió.
Quise soñar que seríamos amigas como siempre, y es que para mí ella sigue estando tan presente en mi vida como lo estaba cuando éramos niñas de seis años. Pero como es normal, Eimia tiene su vida, y yo no puedo pretender seguir estando en ella.
Aún así, sólo yo sé lo mucho que aún hoy en día la quiero.